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comprando amor |

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Juan Rodríguez
Decidí escribir este artículo al observar la necesidad que tiene la gente de darse cuenta que podrían estar sufriendo ciegamente. Su contenido no es producto de una investigación científica sino de veintidós años escuchando los problemas de miles de clientes que he tenido como trabajador social. Le advierto a todo aquel que decida leerlo, que puede levantar o mover grandes emociones que han estado escondidas en su interior. También podría hacer surgir pensamientos claros hacia un cambio de conciencia que desea despertar a una realidad existente.
Cuando una amiga mía se casó, se comprometió con su esposo a no tener hijos, lo cual él aceptó sin titubear. Años más tarde, él la presionó para tener un hijo y ella accedió sólo por amor, ya que sabía que nunca sería una buena madre. Las consecuencias de esta decisión las sufrió su hijo, quien nació para ser abusado física y sicológicamente por sus padres, quienes finalmente optaron por divorciarse. Esta situación tiene varias explicaciones que provienen del hogar disfuncional en el cual se crió mi amiga, pero no cabe dudas que ella trató de comprar amor.
Un amigo gay me llamó para decirme que era positivo al virus de sida, y voluntariamente me explicó que se contagió de su novio, con quien tuvo una relación estable por muchos años. Aunque mi amigo sabía que su novio era “positivo”, no le importó seguir manteniendo relaciones sexuales con él, sin protección, ya que lo quería. Mi amigo dice que lo hizo por amor, pero definitivamente esta fue una actitud extremista para comprar amor.
Las historias son interminables y no me alcanzaría el tiempo ni el papel para escribirlas todas. No hace falta hacerlo. Desde que comencé a trabajar por primera vez en la cárcel más grande de Puerto Rico, observé que el problema común de los confinados era la falta de afecto. La inmensa mayoría provenía de un hogar disfuncional e infectado de problemas. Aunque es difícil de creer, muchas personas asumen una conducta delictiva para llamar la atención. Algunos confinados llegan a sentirse aceptados y queridos en la cárcel, ya que por lo menos allí le dan comida, cama y oportunidades de educación. El nivel de agresión de estos confinados se relaciona con el odio (y todas su ramificaciones) que han desarrollado al no ser queridos en su propio hogar.
Esta falta de afecto la he observado también en personas funcionales, que van a su trabajo todos los días y llegan a tener familias intactas, sin darse cuenta que esta es la causa de su sufrimiento, mal carácter y mala suerte. En nuestros hogares comenzaron a formarse las primeras lagunas de afecto. El beso o abrazo que no recibimos, el “te quiero” que nunca escuchamos, el apoyo que no se materializó. No sé cuántas otras cosas más. También en ese hogar vimos las primeras peleas, las luchas de poder, los abusos y los desprecios entre nuestros padres. Por eso esta falta de afecto crece en los hijos de padres divorciados. Muchos de estos niños luchan terriblemente por formar familias funcionales e intactas en su etapa adulta, para así sanar las heridas que le provocaron ver la separación de los dos seres que más amaban. En mi adolescencia fui testigo del inmenso dolor que produce el divorcio en los adolescentes.
Por supuesto, que dentro de las familias intactas no se asegura una mejor distribución del afecto y amor que los niños necesitan. No es cuestión de estar casado o no, ni de tener o no una familia, sino ser individuos saludables. Se carece de afecto al tener un padre o madre ausente, quien está físicamente presente pero ausente emocionalmente. Se sufre si los padres son abusivos en cualquier sentido. Existen muchas personas que tratando de comprar amor se casan con la persona equivocada. Por esta razón, existe el maltrato de menores y las mujeres maltratadas y asesinadas a manos de sus compañeros.
En el año 1985, Robin Norwood, una terapista especializada en dependencia y codependencia química, escribió un libro que revolucionó el mundo: “Women Who Love Too Much” (Mujeres que Aman Demasiado). La escritora se dio cuenta que los síntomas que presentaban los hijos de padres alcohólicos eran los mismos que se encontraban en las mujeres que escogían parejas totalmente disfuncionales. Ella concluyó que estas mujeres desarrollaban conductas de codependencia que las llevaba a no salir del círculo del maltrato que sufrían a manos de sus parejas. Según los adictos hacen cualquier cosa para comprar drogas, así mismo estas mujeres manipulaban su entorno para comprar amor. Aunque este libro fue dirigido a las mujeres, los principios de los cuales habla, pueden ser aplicados también a los hombres.
Mientras estudiaba en la universidad tuvimos la oportunidad de entrevistar cara a cara a un conocido travestí muy conocido en la isla. Una de las cosas que nos dijo fue que tuvo múltiples parejas sexuales, usualmente mayores que él, porque en cada uno de ellos buscaba el amor de su padre. Ėl cobraba por sus servicios sexuales, pero realmente lo que hacía era comprando amor. Esta conducta de comprar amor no es exclusiva de un género sino que puede sen identificada en todos los seres humanos.
Todo esto nos lleva a un tremendo planteamiento: el amor que nos hizo falta mientras crecíamos no se puede comprar. Se podría sustituir y ser efectivo, pero nunca comprar. Cuando trabajo con padres divorciados, siempre enfatizo que el amor de un padre o una madre que estuvo ausente en la vida de un niño no se puede sustituir totalmente. Los padres tienen una energía que los sustitutos u otras personas no tienen. La madre que dice ser “padre y madre” se equivoca, ya que ella no posee lo que el padre posee. Pensando que pueden asumir ambos roles, muchas madres cometen el error de no dejar que sus hijos pasen por un periodo de duelo por la pérdida de sus padres. Esto también es cierto para los padres que se quedan solos con sus hijos.
Me he atrevido a escribir sobre este tema porque pasé por un periodo de mi vida donde traté de comprar mucho amor. Deseaba llenar todos los espacios vacíos que se habían creado en mi corazón y me hacían sentir no querido ni aceptado. Hice todo lo que estuvo a mi alcance para llenarlos, hasta que un día me di cuenta, a través de un gran dolor, de lo que verdaderamente hacía. No sentí pena ni vergüenza. Pero decidí cambiar y conducir mi vida de una manera más consciente. Es importantísimo saber a ciencia cierta el por qué de nuestra conducta.
En la Metafísica encontré todas las respuestas y herramientas para poder aprender a amar saludablemente. Lo primero que aprendí fue a amarme a mí mismo; a darme cuenta de todo el potencial divino que existía dentro de mí. Este conocimiento hizo que mi autoestima subiera inmediatamente y comenzara a dejar atrás los frecuentes castigos que me propinaba. Uno se castiga porque tiene falsas expectativas, conceptos erróneos e ignorancia.
Hay que aprender que no todo el mundo nació para estar en pareja, y aunque la sociedad ejerce tremenda presión para que la gente se case, este no es el plan de todos los seres humanos. Por lo tanto, estar en pareja o casarse no puede traerle felicidad a todo el mundo. No es un principio universal. Algunas de mis amigas han sido castigadas severamente por decidir no tener hijos, y además han sufrido la incomprensión de su familia. Pero en la vida todo es voluntario, ya que Dios nos otorgó el libre albedrío. Los seres humanos somos entes sociales y como tal necesitamos compartir con nuestros congéneres. También necesitamos afecto: besos, abrazo, caricias. La verdad es que no se necesita un contrato de ningún tipo para recibir amor.
Me alegro sobremanera cuando mis amistades deciden hacer vida de pareja. ¡Qué viva el amor! Siempre le recuerdo varias cosas: la importancia de escoger parejas saludables, comunicativas y afectivas; no poner la felicidad de su vida en manos de otras personas, ya que para ser feliz, uno debe sentirse feliz primero; reconocer que muchas parejas atrasan y hay que descartarlas de inmediato; no tener pareja por motivos equivocados (hay gente que se casa para no estar sola o para que le ayuden a pagar el alquiler de una casa); estar conscientes de que al aceptar estar con una persona, también se acepta la carga emocional y los problemas de ella; y por último, le recuerdo que absolutamente nada en la vida es para siempre (todo lo que tiene principio, tiene un final). Por supuesto, estos son sólo algunas de los asuntos más importantes.
La enseñanza Metafísica llenó mi vida de amor, el cual comencé a ver en todas partes, ya que es una energía ilimitada que se expande por todos los confines del universo. Tiene muchas ramificaciones como el servicio, el perdón, la compasión, la tolerancia, la paciencia, etc. Ahora, hasta leyendo un texto de una materia que me interesa, siento que amo ese acto de aprendizaje. Es importante expandir nuestro concepto de amor.
Siempre quise llenar las lagunas de afecto que encontré en mi vida adulta, y me propuse que lo haría sin importar los años que me tomara. Ya no deseba sustituciones ni fantasías. Dios me dio la oportunidad de cumplir esta promesa que me hice, sin saber la inversión de tiempo y energía que requeriría. Llenarse de afecto hace que uno viva feliz, en armonía y que uno vea la vida completamente diferente. El amor suaviza nuestro carácter, elimina el rencor, cambia nuestra conducta, nos mantiene saludables y rejuvenece.
No hay necesidad de comprar amor. Ha sido un mal entendido, una gran confusión. Para llegar a esta conclusión se necesita una profunda revisión de nuestra vida, y quizá visitar el pasado por unos instantes para saber de dónde provienen nuestras necesidades afectivas. Es una tarea vital, ya que mucha gente ha muerto física, emocional y sicológicamente tratando de ser amado y no dejando escapar la única y supuesta oportunidad de recibir cariño. Nacimos con un torrente de amor en nuestros corazones que hay que descubrir y aceptar. Debemos abrir esa válvula para aprender a querernos más. Poco a poco estaremos listos para que el amor venga de manera natural y libre a nuestras vidas. ¡Así debió haber sido siempre!